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miércoles, 9 de septiembre de 2009

La esquizia del ojo y de la mirada.


The seven year itch se filmó en 1955. Es difícil saber si Billy Wilder supo qué era lo que esa película terminaría por provocar. Y no me refiero a la película en sí (que aunque es entretenida y graciosa, no es de las mejores), me refiero a otra cosa: en esa película Billy Wilder inmortalizó la imagen de Marilyn Monroe. Es apenas un plano. Y hoy por hoy es la imagen que hace de la actriz norteamericana un icono de la cultura popular: se trata de la imagen en la que se ve a Marilyn sobre la reja del subte, con el vestido blanco volando, y a Tom Ewell a su lado, con las manos en los bolsillos de su pantalón, un poco tirado hacia atrás, queriendo espiar qué esconde Marilyn debajo del vestido. Esa toma se filmó en Nueva York; exactamente, en la esquina de Lexigngton Avenue y la calle 51. Y la presencia de Monroe en la calle suscitó un escándalo de curiosos. Dicen que cerca de cinco mil personas se apelotonaron alrededor. También dicen que a los técnicos que sostenían el ventilador debajo de la reja del subte, los sobornaban con jarras de vino para echarse una mirada. Dicen que Billy necesitó más de quince tomas para lograr la imagen que pretendía, y que por cada prueba, la muchedumbre rugía: ¡más arriba! ¡más arriba! Dicen que, entre los técnicos, un poco escondido, terriblemente nervioso, se encontraba Joe DiMaggio, el marido beisbolista de Marilyn. Dicen que Joe DiMaggio no soportó la humillación y se mandó a mudar antes de que la grabación finalizara. Dicen que Billy estaba desencajado. Hoy vemos esa foto multiplicada hasta el hartazgo. Y nada de aquella intensidad que transcurría alrededor de Marilyn (los cinco mil tipos, Joe DiMaggio, los técnicos, Billy Wilder) puede percibirse.
Solo ella.

domingo, 6 de septiembre de 2009

De las estructuras conceptuales.



Es el rey, ¿quién puede decirle que no? Elvis pide una audiencia secreta con el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon. Son las 9:30 de la mañana y es el 21 de diciembre de 1970 – los fundamentos que sostiene un edificio conceptual parecen temblar a cada paso: la rigidez genera parodia involuntaria -. Elvis tiene 35 años, y le restan siete de vida. Nixon, es diferente: es un hombre maduro de 57 que vivirá hasta los 81. Elvis, esa mañana, esta empastillado hasta la medula, de modo que en su cara se pueden ver los signos de su amor por los barbitúricos: los ojos vidriosos, idos, los cachetes un poco gordos, ojeras, y un aspecto de estar en otro planeta -, si un concepto entra con honor en el museo de lo establecido se convierte en un asesino aristócrata, como Jack, el destripador: ahora queremos justificar sus tropelías con tal de seguir manteniendo su vigencia -. Los asesores de Nixon, en un principio, no saben cómo tomar el pedido del astro. Algunos llegan a suponer que se trata de una broma de mal gusto. Es que Elvis quiere entrevistarse con el presidente de los Estados Unidos con un fin preciso: quiere una placa de agente federal. Elvis quiere ser agente secreto del gobierno. Elvis quiere investigar el ambiente de la música. Está preocupado por el avance de la cultura hippie, la ideología izquierdista de los estudiantes demócratas, el comunismo y los movimientos de defensa de los derechos para los negros. Son preocupaciones que comparte con Nixon – un concepto puede perder vigencia pero seguir teniendo encanto: la elegancia de ciertas hipótesis importan más por su forma que por su utilidad-. Elvis y Nixon no tienen nada en común, más que una visión un poco obtusa sobre los problemas de su país y del mundo. Nixon es un político inteligente, además de un canalla. Elvis es un tipo simple (dije simple, no sencillo). Y esa simpleza termina siendo caprichosa y por eso mismo, ofensiva. De modo que cuando se dan la mano en el salón oval de la Casa Blanca, en esa mañana de 1970, en esa mañana surrealista, cuando se dan la mano y los dos posan para la foto, se nota, con claridad, la distancia que hay entre ellos: uno, Elvis, mira la cámara como si supiera el chiste que está montando; otro, Nixon, mira con algo de incredulidad y con ganas de pasar a otra cosa – un concepto se aniquila a si mismo, cuando su elegancia y encanto quedan a la vista de todos, como si estuviera en una vidriera de la Quinta Avenida-. Elvis llego a la Casa Blanca con una carta escrita a mano. Una carta de tres carillas escritas en hojas con membretes de un hotel. Es una carta en la que Elvis explica sus propósitos. Y de ese modo, sin darse cuenta, muestra su visión del mundo. Elvis piensa lo mismo que piensa el ciudadano norteamericano promedio: que el sistema de vida de Estados Unidos es algo eterno y perfecto; que cualquier gesto de sofisticación es un atentado a ese mismo sistema. Esa mañana, además, Elvis le regalo a Nixon una pistola Colt 45 con ocho balas de plata – a lo mejor los conceptos se muestran desnudos ahí donde menos lo esperamos: en esos instantes fugaces en los que, orondos y patéticos, quieren mostrar todos su artificiosidad al mundo-.