miércoles, 27 de octubre de 2010

Los días de la sombra de Liliana Bodoc.


Existe una idea cientificista de la literatura. Y conjeturo que el origen de esta idea surge de la experiencia de las vanguardias estéticas. De hecho, la palabra vanguardia sugiere la existencia de al menos dos grupos: los de adelante y los de atrás (con una clara predilección por los de adelante, por supuesto). Hace poco alguien juzgó que las novelas de Vargas Llosa atrasan por lo menos un siglo. Y daba un argumento que suena verosímil; decía: la novela decimonónica, el naturalismo, Balzac y Faulkner se propusieron el mismo horizonte poético que el peruano. Y entre este y los otros parece existir la sensación de estafa que produce cualquier déja vu, en fin: ¿para qué intentar lo que ya hicieron otros? Los más consecuentes con este modo de pensar la literatura, creen que hoy por hoy escribir no es más que un ejercicio lujoso solo para los entendidos de turno: aquellos que pueden reírse del chiste de no tomarse nada en serio, ni siquiera el hecho mismo de escribir. Esta posición no es más que una forma elaborada y vergonzante de conservadurismo. Por suerte siguen apareciendo escritores, simples escritores, comprometidos hasta la medula con su propia y singular manera de entender la literatura, que es una manera de entender la vida. Liliana Bodoc y su trilogía La saga de los confines es un caso de estos. Bodoc escribió una historia en un género literario menor que se llama fantasía heroica. El nombre se inventó a principio del siglo pasado en el medio anglosajón, y quería encuadrar una serie de libros fantásticos que intentaban mezclar dos tradiciones contrapuestas: las peripecias del relato épico (una historia siempre distante, en la que sus personajes son más arquetipos de ideas morales que personajes en sentido propio) y el conflicto humano de la novela moderna (ahora los personajes son hombres y mujeres pedestres, al alcance de la mirada de cualquiera). Ojo, habría que hacer una aclaración: la novela moderna es un derivado de la épica. Cuando digo “tradiciones contrapuestas”, entonces, pienso sobre todo en el lector: el lector de los relatos épicos es un lector fascinado por la integridad de sus héroes, mientras que el lector de la novela moderna es un lector identificado con el conflicto de sus personajes. Volvamos a la fantasía heroica, entonces. Desde sus inicios fue un género popular. Y su popularidad lo convirtió en un fenómeno esquivo a las consideraciones teóricas. A diferencia de otros géneros populares (el policial, por ejemplo) la fantasía heroica nunca logró credencial de prestigio. Y en rigor, a mi modo de ver, esta “desconsideración” de los críticos no me parece injusta. Es un género popular, sin pretensiones y que tampoco es un producto genuino de su época. En consecuencia: ¿por qué la crítica académica debería interesarse por un género periférico? En este punto, vuelvo al principio: Liliana Bodoc escribió una trilogía, La saga de los confines, esto ya lo dije. Lo que no dije es que al menos el segundo libro, es decir: Los días de la sombra, es la ejecución casi perfecta de una obra maestra menor. Y calificar de menor a una obra maestra, además de un oxímoron, es una provocación. Me explico: Bodoc ubica la trama en otro mundo, Las tierras fértiles. Es un mundo agrario, parecido al mundo precolombino. En este mundo hay magos y hechiceros, pero su poder se manifiesta de manera discreta y ambigua. Hay dos o tres pueblos diferentes que de pronto se unifican contra la llegada de un invasor, Misáianes, el hijo de la muerte. Este es el esquema narrativo del que parte Bodoc. Pero su maestría no está en este esquema, que es bastante esquemático, por cierto. Bodoc conoce a los maestros del género y no solo les rinde homenaje, sino que hasta se atreve a corregirlos. De Tolkien aprendió la que tal vez sea la principal lección del género: un mundo imaginario tiene consistencia para el lector, si tiene coherencia lingüística. Bodoc echó mano a la mitología de los pueblos precolombinos y todos los nombres de los personajes están escritos en lenguas que ignoramos pero que percibimos verdaderas: Kuy-Kuyen, Wilkilén, Shampalwe, Kush, Hoh-Quiú, Nanahuatli y otros. Esta coherencia lingüística no es un dato menor. Porque percibimos que esos nombres tienen una raíz común creemos que tienen vida. Después viene la historia. Bodoc, para eso, sigue a la escritora norteamericana Ursula K. Le Guin. Los personajes femeninos son determinantes y consiguen una ternura de la que resulta difícil no sentirse conmovido. Además, hay una clara intención de evocar la complejidad de un mundo que no es más que el mundo humano. Por otro lado, está la escritura. Es una escritura concisa pero de rara belleza. Es una escritura que imita el estilo de cualquier épica, pero con el ojo puesto en el interior de sus personajes, ahí donde una historia se hace carne para el lector moderno. Entonces vuelvo al planteo del principio: Bodoc escribió una obra hecha con delicadeza y convicción poética. Una obra en la que resulta difícil no creer en cada una de sus palabras. Tal vez porque lo que define la verdad o falsedad de una propuesta estética no tenga nada que ver con la adhesión a uno u otro grupo literario (eso sirve más para la historia de la literatura que para la literatura), por el contrario: la verdad o falsedad de un escritor se juega en la fidelidad que un escritor tenga con su propio modo de sentir ese misterio que es el lenguaje.

viernes, 15 de octubre de 2010


Ahora Julián está sentado sobre una banqueta de lona cruda, con la espalda contra la pared, un cigarrillo apagado en la mano, sin saber si quiere fumarlo, sin encenderlo, siquiera, tratando de seguir las palabras que salen de la boca de la mujer que tiene enfrente. La mujer habla. Habla y mueve el cuerpo de una forma que a Julián – que está vestido, todavía, con el uniforme del colegio, con el ridículo uniforme del colegio – decía, entonces: la mujer mueve el cuerpo de una forma que a Julián le resulta, al mismo tiempo, monstruoso y divino. De modo que las palabras de la mujer, para Julián, se transforman en un murmullo repetitivo, sin contenido, algo completamente efímero, como si fuera la aburrida música de una sala de espera. Es que para Julián, con sus diecisiete años recién cumplidos, tener una mujer como la que tiene sentada enfrente es un acontecimiento de una magnitud tal que lo deja sin aliento. O no, justamente al revés: esa mujer, las piernas largas y enfundadas en medias negras de nylon de esa mujer provoca un maremoto sin rumbo en la entrepierna de Julián. Tal vez por eso Julián no escucha, no puede escuchar ni las palabras de la mujer, ni la música que suena a todo lo que da. La mujer habla. Este tipo, dice y señala hacia el parlante que está a su derecha, ¿sabés lo que hizo?, agarró lo mejor de la música negra, la metió en una licuadora, la mezcló con Bach, y la dejó andando, ahí, a la espera de que en algún momento explote la jarra y los vidrios salten en mil pedazos para todos lados.

martes, 21 de septiembre de 2010

La serpiente de Uróboros de E. R. Eddison.


Este libro habla de un mundo que se percibe lejano y completamente extranjero, pero que lleva un nombre pedestre, injustificado: Mercurio. Mercurio tiene algunos puntos de contacto con nuestro mundo. En Mercurio hay demonios, hay brujos y hay duendes. Pero los demonios, los brujos y los duendes hacen y dicen cosas no muy diferentes de las que hacen y dicen los hombres de la tierra. Hay animales mitológicos: mitad caballo, mitad águilas, por ejemplo. También hay una guerra absurda entre dos países igualmente absurdos. La guerra es circular y con razones insignificantes, tan insignificantes que por momentos, uno, como lector, olvida por completo esas razones y solo se concentra en las peripecias de los demonios, de los brujos y de los duendes. En esto, no es muy diferente de lo que sucede con la lectura de los poemas épicos tradicionales: Ulises va de un lado a otro y uno medio que se olvida cuál es el motivo del viaje. En Mercurio, por supuesto, los brujos hacen hechizos. Y esos hechizos logran que los acontecimientos de la trama avancen. A pesar de que en muchos momentos, esos brujos no se muestran muy dueños de su arte. Y tal vez por este matiz, esos hechizos suenan verosímiles: todo arte es una rara alquimia entre azar y razón. Eddison logró lo que unos pocos escritores lograron: dotar de convicción literaria una serie de temas fantásticos que su misma enumeración, asusta. Y lo curioso del caso es que lo logra a pesar del sinsentido lingüístico de los nombres de los personajes. Se sabe, parte del trabajo de orfebrería en un relato fantástico se cifra en la coherencia lingüística de los nombres inventados. En su extenso epistolario, J. R. R. Tolkien, habla cinco veces sobre la obra Eddison. Y las cinco veces señala esta paradoja: dice que es el autor mejor y más convincentes de mundos imaginarios, aunque su nomenclatura sea no solo de segundo orden, sino inepta. Rider Haggard, en cambio, en una carta le escribió: “Qué maravilloso talento tiene usted para la invención de nombres!” Ahora bien, si uno lee de corrido los nombres de los personajes del libro, si ahora, los leemos uno detrás de otro, no solo le damos la razón a Tolkien, sino que nos preguntamos dos cosas: ¿En qué pensaba Haggard cuando escribió lo que escribió?, y ¿Cómo puede ser que Eddison logre ese prodigio: hacernos creer una historia mitológica donde el humus principal de cualquier mitología, es decir: el lenguaje, esté hecho sin coherencia interna y sin casi ningún respeto por la tolerancia poética del lector?

jueves, 16 de septiembre de 2010

La bestia extranjera.


Falta poco.

Será un tornado.

Y arrasará con Norteamérica; con las ciudades de Norteamérica: Denver, Seattle, Portland, Spokane, West Hoollywood, San Francisco, Iowa, Detroit, Wheaton, Boston, New York, Chicago, Memphis, Miami, Irvine, Pasadera, Santa Mónica, Athens, Minneapolis, Columbia, Hampton, Newport, Laurel, Philadelphia, West Allis, Woodinville, Salt Lake City, Albuquerque, Houston, Dallas, Sacramento, San Bernardino, Anaheim, San Diego, Las Vegas, Austin, San Antonio, Asbury Park, Wallingford, Schenectady, Dania, Buffalo, Springfield y algunas más. Sí, por cierto: será un zeppelín cargado de cartuchos de testosterona listos para explotar sobre las cabezas de miles de cuerpos. Los mojigatos levantarán sus dedos, entonces. Se sacarán los sombreros, mirarán el cielo y dirán: la bestia, la bestia extranjera volvió para violar a nuestras vírgenes.

Y será un tornado bello pero efímero.

Durará apenas un parpadeo de lagarto; eso: en un abrir y cerrar de ojos lo que amenazaba ser un Apocalipsis justo y divertido, se convertirá en la taza de té de la corrección política. Y entonces el zeppelín cargado de cartuchos de testosterona se estrellará contra la edulcorada moral del sentido común. Para esa altura, los mojigatos, siempre oportunos, habrán canjeado de ideología; entonces, dirán: bestia, la bestia extranjera, nuestra bestia, bienvenida a la tierra de las oportunidades, esta es tu casa, nuestra casa, donde viven, sin molestarse, una torva y alegre murga de infelices: proxenetas, bandoleros, violadores, tullidos, pederastas, narcisistas, tuertos, barbudos, asesinos, prostitutas y prostitutos, partidarios de Hormiga Negra y fanáticos de la estatua de la libertad.
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jueves, 9 de septiembre de 2010

Un adoquín duro, muy duro te parte la cabeza, Julián.


Sos un mocoso, Julián. Tenés 14, 15, más no. Estás de pie, frente a la vidriera, mirando los discos de vinilo que difícilmente vayas a comprar. A pesar de que hace una hora y media que saliste del colegio, todavía, llevas el uniforme puesto: pantalón gris, corbata azul, camisa celeste y blazer azul. Hace frío, Julián. Y estás desabrigado. El frío invernal te cala los huesos, Julián, y vos, ¿podes creerlo?, vos, Julián, vos estás ahí, como un marmota, solo, mirando no sé qué cosa de esos discos, que están ahí, en la vidriera; en fin: ¿quién te entiende? De pronto, entrás. Hablás con el vendedor. Y no se sabe cómo pero lográs que el gordo se levante, deje el cigarro encendido en el cenicero del mostrador, se acerque a la vidriera, estire un brazo mientras contrae la panza, saque uno de los discos, el que le pediste, seguro, ese, ese que ahora tenés entre tus manos. Lo mirás, Julián, entonces. Ves la tapa: simula ser un diario. Y aunque no entendés ni jota de lo que dice, te das cuenta de que el chico regordete y medio tonto que aparece en la fotografía es la ironía de algo, no sabés bien de qué, pero supones que es algo irreverente, blasfemo. Te gusta creer eso, Julián. Abrís la tapa, después. El diario sigue. Ahora buscas, un poco inquieto, la lista de canciones. Cerrás la tapa, la das vuelta. Nada. Siguen las noticias del diario; eso. El gordo, entonces, te da una mano: ¿querés escucharlo, pibe? Los movimientos tuyos y del gordo se suceden como si fueran el mecanismo sincronizado de un juego en un parque de diversiones: le das el disco, lo agarra, se acercan al mostrador, lo saca, lo pone, lo escuchan. El gordo, entonces, vuelve a su cigarro, mientras te devuelve el disco, un poco ajeno. Y vos, Julián, después de oír el ruido de la púa dando contra los surcos del vinilo, y antes de que suene la música, vos, que tenés la tapa del disco abierta entre tus manos, vos, Julián, de pronto, te das cuenta que ese disco es un disco de rock con una sola canción que ocupa los dos lados, como si fuese una sinfonía o algo así. Eso te gusta, Julián. Te hace sentir sofisticado. No lo sabes, pero es una superchería, Julián: vos te pensás que lo que está por salir a todo volumen por los parlantes es semejante a cualquier sinfonía de Mahler, sin saber que son un puñado de canciones tocadas una detrás de otra. Después suena la música. Y vos, Julián, con tus 14, 15 años, por unos cuantos minutos, y delante de la mirada irónica del gordo, vos Julián, sos feliz, bien feliz, de una felicidad efímera, una felicidad que nunca vas a recordar.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Secreta policía, dale, mueve tu cuerpo ahora, entre nosotros, los que vivimos lejos de tu gracia.


Es que la jornada pinta elegante y hay pocos que pueden darse el lujo de estar vestidos para la ocasión. Sumner canta sus dos canciones. Está solo. Agarrado a su guitarra como si fuera el mástil de una balsa a la deriva, con esa convicción. Lo veo y al tipo que tengo al lado, le comento: este sí que sabe lo que hace. Y pienso: la puta, qué barbaridad: esas canciones peladas, solas, con un rasgueo de guitarra que apenas si acompaña, y la voz de Sumner, nada más que su voz aguda, rasposa, que mientras gime frasea cada una de las líneas como si se tratara de un salmo suicida. Después me doy vuelta. Y creo ver algo. Veo a una prostituta debajo de una luz roja. Y a un pobre diablo en una isla, rodeado de miles de botellas con mensajes de otras islas solitarias. Vuelvo a Sumner, entonces. Acaba de terminar sus canciones. Saluda. Y aunque no le creo, sus gestos parecen convincentes: finge humildad como si no fuera conciente del peso de las canciones que acaba de interpretar. Es que Sumner conoce el paño, carajo: su sonrisa vuelve pueril cualquier intento de dandismo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Ellos cuatro.


Qué habrán pensado en ese instante, ¿alguien lo sabe? Están ahí, a punto de dar un paso hacia el final. Y ellos, ellos cuatro, ¿qué habrán pensado? Ahora, a nosotros, nos gusta creer que no sabían lo que hacían, pero eso es un engaño, rotundo, un modo de disculpar nuestro odio, o de entenderlo. Podemos verlos: están en el estudio de grabación. El aire del ambiente es tan denso que no sería un lugar común decir que se puede cortar con un cuchillo. Es verdad: están furiosos y el aire pude cortarse con un cuchillo. Ellos, están cansado y furiosos. Son cuatro tipos de treinta y tantos que llegaron a ese punto límite que hay en el amor: después está el odio. Es que desde hace unos siete años, prácticamente, viven juntos como si fueran un matrimonio de a cuatro. Al principio, fue el sueño de pibe hecho realidad: fama, mujeres, alcohol, y la adulación siempre sospechosa de los periodistas. De golpe cuatro pibes eran los reyes midas del espectáculo: todo lo que tocaban se convertía en oro. Y no hablamos, solamente, del dinero. Si, por supuesto, era el dinero. Pero había algo más: como un halo que les caía encima, no sabemos: esa sensación de que sí, eran comerciales y vendían millones de discos y llenaban todos los estadios, pero decimos, esa sensación que teníamos todos, esa sensación, repito, de saber que esos tipos, esos tipos que apenas si sabían los dos, tres acordes que se necesitan saber para tocar rock and roll, esos tipo, estaban escribiendo algunas de las canciones definitivas del cancionero de occidente. Eso, ¿se entiende? Hagamos una lista dispar: Eight days a week, You´ve got to hide your love away, We can work it aut, Nowhere man, She said, She said, Happiness is a Warm Gun, Because, y Across the universe. Cualquiera de nosotros daría hasta a su propia madre con tal de ser el autor de una sola de estas canciones. Porque cualquier de nosotros sabe la verdad: esas canciones, el secreto oculto de esas canciones, no está en su complejidad, que no la tiene, está en su rara simpleza, en eso. Son canciones que podríamos haber escrito cualquiera de nosotros. Por eso, los odiamos. Porque ellos, esos cuatro tipos de treinta y tanto, que ahora, en este preciso instante, están a punto de cruzar esa calle, ahora que están cansado, melenudos, sin nada de la inocencia que supieron tener, esos tipo, ellos cuatro, saben lo mismo que sabemos nosotros.